Friday, March 13, 2026
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Trataron de eliminar a monseñor Romero con 72 candelas de dinamita

Tanto era el odio que le tenían al cuarto arzobispo de San Salvador, que sus detractores lo querían matar a como diera lugar, sin importar el costo económico que podía generar el hombre que aceptara la misión de acabar con la vida de Romero y Galdámez.

Por señalar una serie de atrocidades que cometía el gobierno del presidente de la República, coronel Arturo Armando Molina Barraza y las de sus antecesores del Partido de Conciliación Nacional (PCN), el arzobispo Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, se agenció una serie de enemigos en la Fuerza Armada, cuerpos de seguridad pública y en las altas esferas de poder de El Salvador, que lo querían eliminar para que no fuera piedra de tropiezo y despertara conciencia entre la población sumisa, de que urgía que se involucraran en política para cambiar el viejo modelo que el país arrastraba desde antes de la masacre de 1932.

Tanto era el odio que le tenían al cuarto arzobispo de San Salvador, que sus detractores lo querían matar a como diera lugar, sin importar el costo económico que podía generar el hombre que aceptara la misión de acabar con la vida de Romero y Galdámez.

Una de las posibilidades que pasó por la mente de los que idearon el atentado contra monseñor Romero, fue hacerlo volar hecho pedazos con una potente carga explosiva que se colocó al interior de un atache negro que fue abandonado en el altar mayor de la basílica del Sagrado Corazón de Jesús, de San Salvador. Para desgracia de los autores materiales, el sacerdote Ramiro Jiménez notó esa maleta y de inmediato reportó la emergencia el 9 de marzo de 1980 a la extinta Policía Nacional.

La Policía Nacional destinó al investigador y experto en explosivos Juan Francisco Alas para que se hiciera cargo de esa novedad. Se llevó la sorpresa al abrir el viejo atache y ver varias candelas de dinamita comercial. En total fueron 72 artefactos explosivos.

La bomba estaba estructurada por un interruptor, un radiotransmisor conectado a tres baterías de 1.5 voltios que activarían dos detonadores eléctricos accionados por control remoto.

Según investigaciones, la bomba se accionaría en el momento que monseñor Oscar Arnulfo Romero oficiaría la misa en memoria de Mario Zamora Rivas, un exprocurador general y exsecretario general del Partido Demócrata Cristiano (PDC), asesinado el 23 de febrero de 1980 en su lugar de residencia.

La Fiscalía General de la República (FGR) no hizo ninguna investigación formal del caso y quedó en total impunidad porque los fiscales asignados quizá tuvieron miedo de entrar a un terreno que los podría dejar lastimados o muertos.

Ese domingo 9 de marzo de 1980 fue el primer aviso de que algo grave le ocurriría a Romero Galdámez que no buscó protección terrenal, solamente confió en su instinto religioso y se puso en las manos de Dios. Sin embargo, esa advertencia no amilanó al arzobispo de San Salvador y desde el púlpito prosiguió con señalamientos en contra de Molina Barraza, al grado que en su última homilía del domingo 23 de marzo de ese mismo año, dijo a los presentes: “ningún soldado está obligado a obedecer una orden que vaya contra la ley de Dios (“No matar”). “Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla y ya es tiempo que recuperen su propia consciencia”.

“En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, cesen la represión”, manifestó Óscar Arnulfo Romero y al día siguiente fue asesinado de un disparó al corazón. El crimen fue cometido en la capilla del hospital La Divina Providencia, en San Salvador.

Fue el sargento Marino Samayor Acosta quien disparó el fusil suizo calibre punto 219. El proyectil dio en el pecho y lo mató en el acto. El arzobispo cayó a los pies del altar, en medio de los gritos de un grupo de monjas y los fieles reunidos en la misa.

Marino Samayor Acosta fue acompañado por Antonio Garay Reyes, el chofer del automóvil que lo llevó hasta la pequeña capilla donde el arzobispo celebraba una misa. El disparo se realizó en el momento que Romero levantaba los brazos consagrando la hostia.

El crimen fue planificado en la casa del empresario Roberto Daglio y el arma utilizada era propiedad del capitán, Eduardo Ávila Ávila. Otro militar involucrado fue el capitán, Álvaro Rafael Saravia, pero el principal señalado es el mayor, Roberto d´Aubuisson Arrieta

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel. Era el segundo de 8 hermanos, hijos del matrimonio formado por Santos Romero y Guadalupe Galdámez. Fue bautizado el 11 de mayo de 1919 en la iglesia parroquial de su ciudad natal. Desde niño tuvo una salud muy frágil. En la escuela pública donde estudió, destacaba en materias humanísticas más que en matemáticas.

Desde su infancia practicó la oración nocturna y la veneración al Inmaculado Corazón de María. En 1930, a la edad de 13 años, ingresó al seminario menor de la ciudad de San Miguel, que estaba dirigido por sacerdotes claretianos. Posteriormente, en 1937, entró en el Seminario de San José de la Montaña de San Salvador. Ese mismo año, se trasladó a Roma, donde continuó sus estudios de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana.

Vivió en el Colegio Pío Latinoamericano (casa que alberga a estudiantes de Latinoamérica), hasta que llegó a ser ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942. En Roma fue alumno de monseñor Giovanni Batista Montini, quien llegó a ser el papa Pablo VI.

Regresó a El Salvador en 1943, siendo nombrado párroco de la ciudad de Anamorós, en La Unión; después fue enviado a la ciudad de San Miguel, donde sirvió como párroco en la Catedral de Nuestra Señora de La Paz y como secretario del obispo diocesano monseñor Miguel Ángel Machado. Posteriormente fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador en 1968.

El 3 de febrero de 1977, fue nombrado por el papa Pablo VI como arzobispo de San Salvador, para suceder a monseñor Luis Chávez y González. Muchos sacerdotes y laicos de la arquidiócesis sintieron extrañeza ante su nombramiento, pues preferían para el cargo a Arturo Rivera y Damas, obispo auxiliar de monseñor Chávez. Algunos consideraron a Romero como el candidato de los sectores conservadores que deseaban contener a los sectores de la Iglesia arquidiocesana que defendían la «opción preferencial por los pobres» (conocidos como clero medellinista).

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