Monday, May 25, 2026
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Alfredo Espino murió sin ver las “Jícaras Tristes”

Hace 98 años las letras salvadoreñas sufrieron un revés irreparable con la muerte del poeta Alfredo Espino (poeta niño), quien perdió la vida a los 28 años de edad por complicaciones derivadas del consumo excesivo de bebidas alcohólicas. Ese trágico desenlace del 24 de mayo de 1928 truncó una vida dedicada a la contemplación lírica y a la sensibilidad artística, marcando un momento de profunda tristeza en el ámbito cultural de esa época.

Alfredo Espino, nació el 8 de enero de 1900 en el departamento de Ahuachapán, siendo un destacado estudiante que tuvo la capacidad para capturar la esencia del paisaje y darlo a conocer por medio de la poesía.

Su obra es ampliamente reconocida por su sencillez y emotividad, cualidades que lograron elevar el costumbrismo a una expresión sublime de la identidad nacional, convirtiéndolo en uno de los referentes literarios más queridos por generaciones de lectores.

Su legado principal es el poemario “Jícaras Tristes”, una colección antológica de 98 poemas que, irónicamente, fue publicada de manera póstuma años después de su partida. A través de estos versos, el “poeta niño” logró inmortalizar la belleza de la naturaleza y la vida cotidiana de El Salvador, dejando una huella imborrable que sigue vigente en la memoria colectiva de su país.

LAS MANOS DE MI MADRE
Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Solo ellas son las santas, solo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!

Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Y cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.

Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas.
Para el dolor, caricias; para el pesar, unción;
¡Son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡Las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!

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