(Lucas 20:20-26)

Cada vez que Jesús respondía a alguna pregunta de sus adversarios, la verdad quedaba en pie y el corazón quedaba al descubierto. Nunca habló para agradar, nunca respondió para escapar, nunca usó palabras para protegerse. Qué distinto de nosotros cuando nos preguntan algo, que muchas veces respondemos con cálculo, evasión o apariencia, diciendo lo suficiente para salir del paso, pero no lo necesario para afirmar la verdad. Nuestras respuestas están acondicionadas a la persona qué hace la pregunta, y a las ganas que tengamos en ese momento en querer responder. Veamos estos ejemplos. “¿Por qué llegaste tarde? Es que el tráfico, el clima, y además… bueno, ¡la vida es complicada”. Otro ejemplo: “¿Cuántos años tienes? ¡Tengo la edad de la experiencia y la juventud del corazón!” En el pasaje de hoy, los adversarios de Jesús llegan con una pregunta aparentemente legítima, pero en realidad cargada de malicia. Querían atraparlo, comprometerlo y usar sus palabras contra Él. Sin embargo, el Señor no solo desenmascara la hipocresía de ellos, sino que también lleva la conversación mucho más allá del impuesto, del César y de la trampa. Jesús toca el punto más profundo: el asunto no es solamente qué debemos dar en el plano terrenal, sino a quién pertenece realmente nuestra vida. Y allí este texto nos alcanza a todos, porque no solo expone la dureza de sus enemigos; también confronta nuestras lealtades divididas, nuestras obediencias parciales y nuestra tendencia a darle a Dios menos de lo que le corresponde. Pero al mismo tiempo, este pasaje nos permite contemplar la sabiduría perfecta de Cristo y escuchar, con seriedad y esperanza el llamado del Señor a rendirle la vida entera. Para desarrollar este tema les propongo las siguientes ideas directrices: primero, veamos cómo la dureza humana se resiste al señorío de Dios; segundo, contemplemos la sabiduría serena y perfecta de Cristo; y tercero, escuchemos el llamado amoroso pero absoluto de Dios a rendirle toda la vida. La verdad de todo esto es dar “a cada uno lo que le corresponde”. El creyente tiene un deber con el Cesar y otro con Dios. Veamos.
I. CONSIDEREMOS LA MALICIA DETRÁS DE LA PREGUNTA
1. Y acechándole enviaron espías… a fin de sorprenderle… v. 20. Lucas nos dice que enviaron espías que fingían ser justos. Su apariencia era religiosa, pero su intención era perversa. No querían honrar a Dios; querían destruir a Cristo. Le hicieron una pregunta política con apariencia espiritual. Lucas deja claro que ellos no se acercaron con sinceridad, sino con mala intención y con una apariencia de piedad. Querían vigilar a Jesús de cerca para encontrar algo en sus palabras y usarlo contra Él. Con esta expresión, Lucas nos deja ver que no estaban mirando a Jesús con hambre de verdad, sino vigilándolo para hallar ocasión contra Él. La intención era de total malicia también, dejando ver el deseo de tomar algo dicho por el Señor para usarlo en su contra. Todo esto nos recuerda cuán engañoso puede ser el corazón humano, pero también cuán sereno, limpio y firme permanece Cristo en medio de la malicia. Es como alguien que no hace una pregunta para aprender, sino como un abogado que formula una pregunta con la intención de llevar al otro exactamente al punto donde quiere hundirlo. La pregunta no busca luz; busca caída
2. Y le preguntaron, diciendo: Maestro, sabemos que dices y enseñas rectamente… v. 21. La sutileza de estos hombres se ve en que no comienzan con la pregunta, sino con un elogio cuidadosamente armado. Lo que dicen de Jesús es verdadero: Él sí hablaba rectamente, sí enseñaba con verdad, y no hacía acepción de personas. Pero en labios hipócritas, la verdad puede usarse como instrumento de engaño. No están honrando sinceramente al Señor; están envolviendo la trampa con palabras correctas. Su adulación no nace de la fe, sino del cálculo. Le atribuyen lo que realmente es, pero no para rendirse ante Él, sino para hacerlo bajar la guardia y conducirlo hacia el terreno de la acusación. Cuán solemne es ver que alguien puede decir cosas correctas acerca de Cristo y, aun así, tener el corazón lejos de Él. Estos hombres dicen cosas reales acerca de Jesús, pero no lo aman, no lo reciben y no se someten a Él. Así obra muchas veces la hipocresía religiosa: usa lenguaje piadoso, reconoce la verdad y aun así se resiste al señorío del Salvador. Esto también nos examina a nosotros, porque no basta decir lo correcto de Cristo; es necesario rendirse de verdad a Cristo. No es suficiente decir que Jesús es “buena gente” si finalmente no obedecemos.
3. ¿Nos es lícito pagar tributo al César, o no? v 21. La pregunta sobre el tributo no nace de un deseo de obedecer mejor, sino de un intento de forzar a Jesús a escoger entre dos conflictos. Si hablaba contra el impuesto, podrían presentarlo como enemigo del César; si lo aprobaba sin más, intentarían mostrarlo como indiferente al sentir del pueblo. Era una pregunta construida para encerrar, no para aprender. En el fondo, aquellos hombres no estaban preocupados por honrar a Dios, sino por usar el tema de “dar al César” como un arma de manipulación. Pero el Señor no permitiría que una cuestión civil fuera usada para ocultar el verdadero problema espiritual. Cuántas veces también nosotros discutimos asuntos secundarios para no tratar con lo principal. Podemos debatir sobre derechos, deberes, política o conveniencia, y aun así seguir evitando la pregunta más profunda: ¿está nuestra vida realmente rendida a Dios? Por eso, este texto nos advierte que un corazón no sometido puede usar aun temas legítimos como excusa para resistir la verdad. No basta preguntarnos qué debemos dar en lo externo; debemos preguntarnos también si estamos dándole al Señor lo que ya le pertenece por completo. En esa dirección irá la respuesta del Señor.
Aplicación: El Señor no nos confronta para alejarnos, sino para llevarnos al arrepentimiento. Bien haríamos en pedirle: “Señor, quita de mí todo corazón duro, toda apariencia sin verdad, y dame un espíritu rendido para recibir tu voluntad con sinceridad”.
II. CONSIDEREMOS LA SABIA RESPUESTA DEL SEÑOR
1. Mas él, comprendiendo la astucia de ellos… v. 23. Este versículo nos deja ver algo muy solemne y consolador a la vez: Cristo no solo escucha lo que decimos; Él conoce lo que hay en el corazón. Aquellos hombres llegaron con palabras bien ordenadas, con formas respetuosas y con una pregunta que parecía correcta, pero el Señor vio de inmediato la intención escondida. Nada en ellos estaba oculto delante de sus ojos. Jesús no fue engañado por la apariencia, porque en Él no hubo engaño ni falsedad (Isaías 53:9). Ellos venían con astucia, pero Cristo permaneció sereno, santo y lleno de verdad. Qué descanso hay para el creyente en saber que nuestro Salvador ve más allá de las apariencias y nunca se equivoca al juzgar. Y qué advertencia tan seria para todo corazón que quiere esconderse tras una máscara religiosa. Nosotros podemos impresionar a otros con palabras correctas, con un tono piadoso o con gestos externos, pero no podemos ocultarnos del Señor. Él conoce no solo lo que decimos, sino también por qué lo decimos. Por eso, este versículo no solo exalta la sabiduría perfecta de Cristo; también nos llama con ternura y firmeza a venir delante de Él con sinceridad, sin máscara, sin cálculo y sin doblez. El Señor conoce los intentos del corazón antes de las palabras. Cristo dijo de Natanahel “he aquí un israelita en quien no hay engaño”. Y por ese conocimiento de Jesús, Pedro, al ser confrontado por Él, dijo: “Señor, tú lo sabes todo”
Ilustración: Un cirujano necesita una mano firme y una visión clara para no dañar lo que está tocando. De manera infinitamente superior, Jesús maneja la verdad con exactitud perfecta. Sus palabras nunca sobran, nunca faltan y nunca fallan.
1. Mostradme un denario. ¿De quién tiene la imagen y la inscripción? v. 24. La sabiduría del Señor se ve en que no entra de inmediato en la discusión, sino que pide una moneda, un denario, algo común en la vida de todos los días. Y ese detalle tiene mucho que enseñarnos, porque aquella moneda llevaba la imagen del César y también una inscripción que recordaba su autoridad. Es decir, ese pequeño objeto mostraba que ellos vivían dentro de ese orden civil y se beneficiaban de él. Cuando Jesús pide que se la muestren, los lleva a mirar con honestidad algo que ya tenían delante y usaban cada día. Ellos querían presentar el tributo como un asunto complicado, pero el Señor pone la verdad en sus propias manos. Así obra Cristo: toma algo sencillo y cercano, y desde allí ilumina el corazón. Qué precioso es ver que el Señor no solo evita la trampa, sino que convierte ese momento en una enseñanza clara y llena de verdad. También nosotros debemos aprender esto: muchas veces Dios usa cosas comunes, pequeñas y diarias para hablarnos al alma. Lo que llevamos en la mano, lo que administramos y lo que usamos cada día puede dejar ver, más de lo que pensamos, a quién estamos reconociendo en la práctica. El “César” lo tocamos todos los días.
III. CONSIDEREMOS LA DEMANDA EXIGIDA DE LA PREGUNTA
1. Pues dad a César lo que es de César… v. 25. Con estas palabras, Jesús reconoce que hay deberes que sí debemos cumplir en esta vida. El Señor no está promoviendo rebelión ni desorden, sino enseñando que hay responsabilidades terrenales que deben atenderse como corresponde. Si el denario llevaba la imagen del César, entonces el tributo ligado a esa administración debía ser entregado. Eso no admite discusión. Pero note bien: Jesús no está exaltando al César por encima de Dios; está poniendo al César en su lugar. El poder humano tiene límites, y su autoridad nunca es absoluta. Aquí hay una aplicación muy necesaria: el creyente no debe vivir en desorden, irresponsabilidad o desprecio por sus deberes, pensando que eso es espiritualidad. Honrar compromisos legítimos, actuar con rectitud y cumplir lo debido también forma parte de una vida ordenada delante del Señor. El creyente debería ser el mejor de los ciudadanos, trabajando con integridad, cumpliendo con sus deberes, sin poner en eso su corazón. En todo esto, Cristo nos enseña a no confundir las cosas pasajeras con las eternas, ni a usar lo espiritual como excusa para descuidar lo justo y lo responsable. Tenemos deberes para con el “César”, aunque a veces duele.
Aplicación: Con esto afirmamos que no debiera inquietarnos más lo que exige el César que lo que demanda el Dios que nos hizo
1. “…. y a Dios lo que es de Dios” v. 25b. La segunda mitad de la respuesta de Jesús cae sobre la conciencia con un peso mucho mayor. Aquí el Señor rompe el marco estrecho del impuesto y nos lleva al terreno donde nadie puede esconderse, porque ya no está hablando de una moneda, sino del alma, de la vida, del ser entero delante de su Creador. La idea es esta: si el denario, por llevar la imagen del César, debía volver a César, entonces el hombre, por llevar la imagen de Dios, debe volver a Dios. Eso significa que Dios no pide solo una parte religiosa de nuestra vida, sino nuestra mente, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestro cuerpo, nuestro tiempo y nuestro futuro. El pecado nos ha acostumbrado a negociar con Dios, a entregarle palabras, momentos o apariencias, mientras retenemos el corazón. Pero Cristo no deja lugar para ese engaño. Este texto nos llama a rendición total. Pregúntate con seriedad: ¿qué parte de tu vida sigues reteniendo? ¿Qué rincón no has querido entregar? Dar a Dios lo que es de Dios es volver, en arrepentimiento y fe, a Aquel a quien siempre hemos pertenecido. Y esa entrega no destruye al hombre; lo rescata, lo ordena y lo devuelve al propósito al ser creado. Lo que lleva la imagen de Dios no puede vivir lejos de Dios
Aplicación: Qué bueno es saber que el mismo Señor que nos llama a rendirle todo también es digno de recibirlo todo. Darle a Dios lo que es de Dios no es perder; es volver al único lugar donde el alma halla orden, descanso y verdadera seguridad.
Conclusión: Al final, la gran pregunta de este pasaje no es qué haces con una moneda, sino qué haces con tu vida. La moneda llevaba la imagen del César, pero tú llevas la imagen de Dios. Por eso, el Señor no te está pidiendo un gesto religioso, una emoción momentánea o una obediencia parcial. Él reclama justamente lo que le pertenece: todo tu ser. Y la verdad es que mientras sigamos reteniendo áreas para nosotros mismos, nunca conoceremos la plenitud del descanso que solo se encuentra bajo su señorío. Hoy Cristo vuelve a ponerse delante de nosotros con autoridad, con sabiduría y con gracia. El mismo que desenmascara el corazón también es el mismo que fue a la cruz para salvar a pecadores de corazón dividido. Él no solo merece tu vida; Él puede redimirla, restaurarla y gobernarla para bien. De modo que no salgas de este texto admirando solamente la respuesta de Jesús. Sal de este texto respondiéndole a Jesús. Ríndele lo que le pertenece. Ríndele tus luchas, tus afectos, tus pecados ocultos, tus temores, tus planes, tu casa, tu futuro y tu corazón entero. Porque darle a Dios lo que es de Dios pones tu vida en las manos correctas.
Preguntas que surgen del sermón
1. ¿Cuál era la verdadera intención de los que preguntaron a Jesús sobre el pago del tributo?
2. ¿Por qué Jesús pidió que le mostraran un denario antes de responder?
3. ¿Qué significa realmente “dar a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”?
4. ¿De qué manera este pasaje nos llama a rendir toda nuestra vida a Dios?
Julio Ruiz es pastor de la Iglesia Bautista, Ambiente de Gracia, ubicada en la 5424 Ox Rd. Fairfax Station, VA 22039 Tel. 571-251-6590 (pastorjulioruiz55@gmail.com)
