Thursday, September 24, 2026
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LAS TINIEBLAS MÁS OSCURAS

LUCAS 23:44-49

Rev. Julio Ruizr

Todos sabemos lo que se siente cuando la luz se apaga de repente. Una habitación conocida se vuelve extraña. Los objetos siguen allí, pero ya no los vemos con claridad. La oscuridad cambia nuestra percepción, despierta temor y nos hace detenernos. Desde siempre, la oscuridad ha estado asociada con presagios, peligros y extrañas sensaciones. En la oscuridad salen animales que no vemos durante el día; los ladrones la aprovechan para cometer sus crímenes; y muchas veces ha sido también el escenario escogido para ocultar los placeres del pecado. Pero hay oscuridades más profundas que la ausencia de luz: la oscuridad de la culpa, del juicio, del abandono y del pecado. No es extraño, entonces, que la Biblia use las tinieblas como imagen de caos, desorden y confusión. Desde el comienzo de la creación leemos: “…y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo…” (Génesis 1:2). Por eso, lo primero que Dios hizo fue crear la luz para alumbrar las tinieblas, de manera que lo oculto comenzará a descubrirse, y lo confuso recibiera orden. Menciono esto para hablar de la oscuridad que cubrió la tierra cuando Cristo murió. Aquella oscuridad no fue una noche común, ni unas horas pasajeras, ni simplemente un fenómeno natural que pudiera explicarse con facilidad. A plena luz del día, cuando el sol debía estar en lo alto, una sombra cubrió la tierra durante tres horas. Era una oscuridad extraña, solemne e inexplicable; una oscuridad que parecía anunciar que algo más profundo que la naturaleza estaba ocurriendo. ¿Por qué aquellas tinieblas fueron las más oscuras jamás ocurridas? Porque no solo cubrieron la tierra como un fenómeno visible, sino que señalaron el juicio de Dios sobre el pecado que Cristo llevaba en ese momento. Entonces, si aquella fue la oscuridad más espantosa, surge una pregunta inevitable: ¿hay alguna luz que sale de esa oscuridad? ¿Cuál es el mensaje escondido detrás de esas tres horas de tinieblas?

I. AQUELLAS TINIEBLAS MOSTRARON EL SILENCIO DEL CIELO

A. “…hubo tinieblas sobre la faz de la tierra…” v. 44ª. Lucas dice que hubo tinieblas sobre toda la tierra. No eran tinieblas ordinarias, porque llegaron cuando el día estaba en su fuerza. Era la hora sexta, el mediodía, cuando el sol debía brillar con mayor claridad; sin embargo, la creación quedó cubierta por una sombra solemne. Aquellas tinieblas anunciaban que en la cruz estaba ocurriendo algo más profundo que la muerte de un inocente. El cielo guardaba silencio, la tierra se estremecía, y el Hijo de Dios cargaba el peso del pecado. Dios estaba mostrando que el Calvario no era un accidente, sino el lugar donde su justicia se encontraba con su misericordia. La oscuridad predicaba sin palabras: el pecado es tan grave que solo puede ser tratado por el sacrificio del Cordero. Allí, en medio de la sombra, Cristo ocupó el lugar del culpable para que los culpables pudiéramos recibir perdón. Aquellas tinieblas también nos recuerdan que el pecado siempre termina apagando la comunión, la esperanza y la paz. Donde el hombre pensó que estaba venciendo a Cristo, Dios estaba juzgando nuestra maldad en el cuerpo de su Hijo. Por eso no debemos mirar aquella escena con ligereza, sino con reverencia y quebranto. Las tinieblas cubrieron la tierra, pero también descubrieron la seriedad del juicio divino.

B. “…el sol se oscureció.” 44b. El evangelista añade que el sol se oscureció. La luz natural fue detenida como si la misma creación se negara a contemplar la agonía del Creador. Aquel oscurecimiento no fue solo una señal externa, sino una declaración espiritual. El mundo había rechazado a la Luz verdadera, y ahora quedaba envuelto en tinieblas. Los hombres habían preferido la oscuridad de sus intereses, de su religión vacía y de su violencia; por eso Dios permitió que una oscuridad visible revelara la oscuridad invisible del corazón humano. Pero aun allí, donde el sol se apagó, Cristo no dejó de obedecer. Su amor brilló más que cualquier luz creada. Cuando todo parecía cerrado, Dios estaba abriendo el camino de la salvación. La creación fue testigo de que el pecado humano había llegado a su punto más terrible: levantar sus manos contra el Hijo de Dios. Sin embargo, el mismo momento que parecía denunciar nuestra culpa estaba anunciando la gracia que la cubriría. El sol se oscureció, pero la gracia no se apagó. La cruz nos enseña que la luz más grande de Dios puede salir precisamente del momento más oscuro de la historia.

II. AQUELLAS TINIEBLAS ACOMPAÑARON UN CLAMOR DESGARRADOR

A. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:44). En medio de aquellas tinieblas se escuchó el clamor más profundo que jamás haya salido de labios humanos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Jesús no gritó por desesperación pecaminosa, sino como el Siervo obediente que estaba cumpliendo las Escrituras. Ese clamor nos lleva al misterio de la cruz: el Hijo amado, sin dejar de ser amado, experimentó el abandono judicial que merecían los pecadores. Él entró en la soledad de la condenación para que nosotros no tuviéramos que permanecer lejos de Dios. En esa frase se oye el precio de nuestra reconciliación. Allí se revela cuánto pesa el pecado y cuánto ama Dios al pecador. Cristo fue desamparado para que los que estaban desamparados pudiéramos ser recibidos. Nadie podrá decir que Dios tomó el pecado livianamente, porque su propio Hijo llevó la copa del juicio. Y nadie podrá decir que Dios no ama, porque entregó a su Hijo para rescatar a sus enemigos. Su clamor no disminuye su gloria; al contrario, la muestra con mayor claridad. El Salvador no huyó de la copa amarga, sino que la bebió por completo por amor a los suyos. Aquel grito sería lo más amargo de la copa que Jesús ó.

B. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” v. 46. Pero el clamor de abandono no fue la última palabra de Cristo. Bien podemos afirmar que cuando Jesús dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” la oscuridad comenzaba a disiparse. Así, pues, después de llevar el juicio, Jesús murió en confianza perfecta. No entregó su vida como una víctima vencida, sino como el Hijo obediente que pone su espíritu en las manos del Padre. Esta frase nos muestra que la cruz no terminó en confusión, sino en entrega voluntaria. Cristo no perdió el control de su muerte; él la ofreció. Sus enemigos pensaron que lo habían silenciado, pero él estaba consumando la obra que vino a realizar. En medio de las tinieblas, su fe permaneció intacta. El que sintió el abandono judicial también descansó en la fidelidad del Padre. Aquí vemos que la muerte de Jesús no fue un fracaso, sino una entrega soberana y amorosa. Él había dicho que nadie le quitaba la vida, sino que él la ponía de sí mismo; y en esta oración final vemos cumplida esa verdad. Su espíritu no quedó en manos de Pilato, ni de los soldados, ni de la muerte, sino en las manos del Padre. Por eso el creyente puede morir, sufrir y esperar con confianza: si estamos en Cristo, nuestras vidas también están en manos seguras. Las tinieblas no tienen la última palabra; el Padre sí.

III. AQUELLAS TINIEBLAS DESPERTARON UNA CONFESION INESPERADA

A. “Cuando el centurión vio lo que aconteció…” v. 47ª. El centurión estaba acostumbrado a ver morir hombres. Para él, una crucifixión podía ser parte de su trabajo diario. Había visto dolor, insultos, resistencia y desesperación. Pero lo que vio en Jesús fue diferente. Vio las tinieblas, oyó sus palabras, observó su manera de morir, y entendió que no estaba frente a un condenado común. La muerte de Cristo predicó aun al soldado romano. Aquel hombre no tenía la formación religiosa de los líderes de Israel, pero fue impactado por la majestad del Crucificado. Esto nos recuerda que la cruz revela lo que los prejuicios esconden. Los religiosos burladores no quisieron ver; el soldado pagano sí vio. Dios puede abrir ojos en los lugares menos esperados y quebrantar corazones que parecían endurecidos por la rutina y la violencia. El testimonio de Jesús en su sufrimiento fue tan poderoso como sus milagros en vida. La muerte de Jesús no solo condena la incredulidad, también despierta testimonio. Cuando el centurión vio lo que aconteció, no pudo permanecer indiferente ante la gloria que resplandecía en medio de las tinieblas. Este hombre vio a Jesús en las tinieblas.

B. “Verdaderamente este era Hijo de Dios.” (Mateo 27:54). La confesión del centurión fue inesperada y poderosa: “Verdaderamente este era Hijo de Dios.” En la cruz, donde muchos solo vieron derrota, él vio identidad divina. Donde otros vieron vergüenza, él reconoció gloria. Aquellas palabras muestran que la muerte de Cristo no ocultó quién era, sino que lo reveló. La manera en que Jesús sufrió, perdonó, clamó y entregó su espíritu manifestó una grandeza que no podía explicarse humanamente. El centurión no comprendía todos los detalles de la redención, pero confesó lo suficiente para señalar la verdad central: el Crucificado no era un criminal, era el Hijo de Dios. Esa confesión también anticipa la expansión del evangelio a los gentiles, porque un romano, al pie de la cruz, reconoce lo que muchos en Israel negaron. La gracia ya estaba mostrando que la salvación no quedaría encerrada en una nación, sino que alcanzaría a todos los que crean. La cruz sigue produciendo esa misma división. Algunos la miran con burla, otros con indiferencia, pero los que reciben luz de Dios terminan confesando a Cristo. Las tinieblas no pudieron esconder al Hijo; más bien sirvieron de fondo para que su gloria fuera vista con mayor claridad.

IV. AQUELLAS TINIEBLAS EXPUSIERON LA CULPA DE LOS BURLADORES

“…y se volvían golpeándose el pecho.” v. 48. La multitud que había presenciado la crucifixión regresó golpeándose el pecho. Ese gesto expresaba conmoción, culpa y temor. Muchos habían llegado como espectadores, quizá movidos por la curiosidad o por la presión de la multitud; pero se marcharon con el peso de lo que habían visto. La cruz no deja al hombre neutral. Allí se descubre la culpabilidad humana: nuestras voces, nuestros pecados, nuestra indiferencia y nuestra rebelión están representados en aquella escena. Golpearse el pecho no era todavía una conversión completa, pero sí mostraba que la conciencia había sido herida. La muerte de Cristo desenmascara lo que somos y nos llama al arrepentimiento. No basta mirar la cruz como historia; hay que verla como la respuesta de Dios a nuestro pecado. La verdadera predicación del Calvario no busca solamente conmover, sino llevarnos a Cristo con arrepentimiento y fe. Una conciencia golpeada necesita correr al Salvador, porque solo él puede transformar la culpa en perdón y la tristeza en esperanza. Aquellas tinieblas expusieron la culpa de los presentes, y todavía hoy exponen la nuestra. Pero el mismo Cristo que revela la culpa también ofrece perdón al que vuelve a Dios con fe.

V. AQUELLAS TINIEBLAS REVELARON A LOS SEGUIDORES LEALES

“Pero todos sus conocidos…estaban lejos mirando estas cosas” v. 49. Mientras unos se burlaban, otros se golpeaban el pecho y se marchaban; un grupo permanecía mirando desde lejos. No podían cambiar lo que estaba ocurriendo, no podían aliviar el sufrimiento del Maestro, pero tampoco podían irse. El amor los mantenía allí. Las tinieblas no solo revelaron la culpa de la multitud y la confesión del centurión; también revelaron la fidelidad silenciosa de aquellos que amaban a Jesús. A veces el verdadero amor por Cristo no se manifiesta con grandes palabras, sino con una presencia fiel en medio del dolor, la confusión y la oscuridad. Los que realmente aman a Jesús se distinguirán de aquellos cuyo único propósito es burlarle del evangelio y menospreciarlo, como ya habían hecho aquellos, quienes estando tan cerca de la cruz del Salvador, no vieron el tiempo de la visitación de Dios. Son los “conocidos” los que estarán con el Señor hasta el final.

CONCLUSIÓN: Hemos dicho que no ha habido una oscuridad como aquella desde hace más de dos mil años. Sin embargo, y paradójicamente, de esas tinieblas salió la luz más gloriosa. En la cruz vemos el juicio de Dios contra el pecado, el clamor del Hijo que tomó nuestro lugar, la confesión que reconoce su verdadera identidad, la conciencia que despierta ante la culpa y la fidelidad de aquellos conocidos que, aunque estaban lejos, permanecieron mirando al Crucificado. La pregunta no es solamente qué vieron aquellos que estuvieron allí, sino qué vemos nosotros hoy. Si Cristo fue a la cruz por nuestros pecados, no podemos responder con indiferencia. Miremos al Crucificado, confesemos como el centurión: verdaderamente es el Hijo de Dios, y volvamos a casa no solo golpeándonos el pecho, sino creyendo en aquel que murió y resucitó para salvarnos. Un dato final, en aquella oscuridad “el velo del templo se rasgó por la mitad”, para mostrarnos el acceso directo que ahora tenemos al Padre amado. De esta manera, la muerte de Cristo puso fin a lo que nos separaba de Dios, ofreciendo con su sacrificio, una vez y para siempre, el camino vivo y seguro para acercarnos confiadamente a él.

IGLESIA BAUTISTA
AMBIENTE DE GRACIA
Fairfax, VA

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