
HABACUC 3:17–19
La palabra “gratitud” se define como la actitud del corazón que reconoce, valora y agradece el bien recibido. Esto plantea que, por lo general, la gratitud la expresamos cuando nos hacen merecedores de algún regalo, un reconocimiento o cualquier bien hecho para mejorar nuestra vida. Dicho de otra manera, la gratitud se enmarca en reconocer una buena obra hecha a nuestro favor. Pero ¿habíamos pensado en ser agradecidos cuando las cosas no salen bien? ¿Cómo entendemos la frase bíblica “dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” según 1 Tesalonicenses 5:18? Esta pregunta encaja perfectamente en el contexto donde el profeta Habacuc se movió, y con este texto, el último de su libro responde al hecho de ser agradecidos “en los tiempos difíciles”. Dios había determinado disciplinar a Israel por sus continuos pecados, especialmente en la idolatría, e iba a usar a los caldeos (babilonios) para lograr ese fin. Y al leer la vívida descripción de la crueldad de los caldeos en Habacuc 1:5-11, no resulta fácil comprender cómo el profeta termina agradeciendo y alabando a Dios, aun sabiendo que Israel no escapará del castigo. Considere las palabras usadas por Dios con las que describe la crueldad de los invasores: “nación cruel y presurosa”; “Sus caballos serán más ligeros que leopardos”; “más feroces que lobos nocturnos”; “sus jinetes… volarán como águilas que se apresuran a devorar”; “y ofenderá atribuyendo su fuerza a su dios”. El profeta sabe que Israel iba a ser sitiada, saqueada, y su economía destruida. Y es en medio de ese cuadro sombrío, y después de haberse quejado contra su Dios que el profeta termina con esta oración de alabanza y gratitud. La gran pregunta para responder en este texto será ¿qué pasa cuando la “higuera no florece”? ¿Cómo es nuestra actitud cristiana cuando hay escasez económica, moral, social y espiritual?
Punto de interacción. ¿Cómo ser agradecidos en medio de la escasez? Comencemos por reconocer el dolor, sin esconder nuestras lágrimas.
I. LA DESCRIPCIÓN DE LA HONESTIDAD DEL DOLOR v. 17
A. “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos…” La higuera y la vid daban alimento y sustento a las familias. Su escasez amenazaba la mesa, los ingresos y el bienestar del hogar. Habacuc contempla cosechas perdidas y un futuro lleno de incertidumbre. Sin embargo, su gozo descansa en Dios, no en las ramas cargadas de fruto. Agradecer en la escasez no es negar el dolor ni ocultar nuestras lágrimas. Es reconocer que el Dador vale más que los dones que podemos perder. Cuando fracasan nuestros planes, la fidelidad de Dios sigue sosteniéndonos. La cosecha puede faltar, pero el Señor sigue siendo nuestra fortaleza. “Aunque no vea fruto, mi esperanza todavía tiene raíz en Dios”. La esperanza de quien siembra es disfrutar del producto de su cosecha, pero no verlo para el tiempo señalado, es causa de profundo dolor. Nuestra reacción ante una pérdida, cualquiera que sea, no siempre es de gratitud, sino de una queja manifiesta.
B. “Aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento…”. ¿Puede imaginarse cuán útil era el olivo? Era uno de los pilares de la economía israelita. Su aceite servía para cocinar, alumbrar las casas, atender heridas, ungir y participar en actos de adoración. Los campos producían principalmente el grano con el que se hacía el pan, alimento básico de cada jornada. Si fallaba el olivo y la tierra no daba mantenimiento, faltaban simultáneamente alimento, medicina, comercio y sustento. No se trataba de perder un lujo, sino de ver derrumbarse los medios esenciales de la vida. Y cuando se acaba lo que nos da seguridad económica y el esfuerzo parece no producir nada, la fe sigue diciendo: “Con todo, yo me alegraré en Jehová”. Es verdad que la gratitud no hace que el aceite se multiplique llenando los graneros; pero lo que si hace es llenar primero el corazón de la certeza de que Dios sigue presente. Podemos perder la cosecha, pero jamás perdemos a quien nos sostiene. Cuando todo se acaba, quien agradece descubre que Dios no era una parte de su provisión: Dios era y continúa siendo su verdadera provisión.
C. “Y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales…”. Las ovejas y el ganado constituían patrimonio vivo para las familias de Israel. Un corral vacío significaba mucho más que la ausencia de animales: era la pérdida del capital familiar, de la capacidad de trabajar la próxima siembra y de una herencia que podía transmitirse a los hijos. Habacuc describe así el último nivel del desastre: después de perder el fruto de los árboles y la cosecha de los campos, también desaparecen las reservas que podían sostener el futuro. Y es aquí cuando entendemos que dar gracias no minimiza esas heridas; pero proclama que ninguna pérdida puede quitarnos la salvación, la presencia y el cuidado de Dios. Me gusta lo que alguien dijo: “Si no quedan ovejas, el Señor sigue siendo nuestro Pastor; si no quedan bueyes para abrir surcos, Él todavía puede abrir camino”. Cuando todo lo visible se acaba, la gratitud se convierte en una confesión poderosa: “Dios sigue siendo suficiente, y por eso todavía tengo una razón para adorar”.
Punto de interacción. Hemos reconocido el dolor; ahora levantemos la mirada: aunque todo falte, Dios sigue siendo suficiente.
II. LA FE SE LEVANTA PORQUE DIOS ES SUFICIENTE v. 18
A. “Con todo…”. Esta expresión de fe no desconoce lo que está enfrentando, pero se niega a quedar prisionera de ella. Habacuc sabe que la higuera está sin flores, los campos sin alimento y los corrales vacíos. Frente a él hay una escasez grave y dolorosa. Sin embargo, con estas dos palabras crea un contraste entre lo que está sucediendo a su alrededor y lo que ha decidido creer en su corazón. “Con todo” significa: aunque no comprenda los caminos de Dios, continuaré confiando en su carácter. Aunque mis oraciones parezcan no tener respuesta, no abandonaré mi esperanza. Aunque haya perdido aquello que consideraba indispensable, todavía poseo al Dios que permanece para siempre. La gratitud bíblica no nace porque todo esté bien, sino porque Dios sigue siendo bueno cuando todo parece estar mal. Esta expresión señala el momento en que la fe deja de contemplar solamente la pérdida y vuelve sus ojos al Señor. “Con todo” es el puente espiritual que nos lleva del dolor a la adoración, de la angustia a la confianza y de la queja a la gratitud.
B. “Yo me alegraré en el Señor”. Observe que el profeta no dice: “Tal vez me alegraré”, sino: “Yo me alegraré”; es una resolución consciente y personal. Su alegría no depende de que la higuera vuelva a florecer ni de que los corrales vuelvan a llenarse. Él ha descubierto que las circunstancias pueden afectar sus posesiones, pero no pueden arrebatarle la presencia del Señor. Alegrarse en Dios significa encontrar en su carácter una razón suficiente para continuar adorando. El profeta puede recordar que Dios es fiel, soberano, justo y misericordioso, aun cuando no entienda lo que está haciendo. Esta alegría no es superficial ni emocional; es el fruto de una fe que descansa en verdades eternas. El creyente agradecido no espera que cambie la situación para comenzar a alabar; comienza a alabar porque sabe que Dios no ha cambiado. Podemos llorar por lo perdido y, al mismo tiempo, alegrarnos en Aquel que nunca perderemos. Cuando Dios se convierte en la fuente de nuestra alegría, ninguna sequía exterior puede secar por completo nuestro corazón.
C. “Y me gozaré en el Dios de mi salvación”. Esta es la certeza de poseer el mayor bien. Habacuc pasa de la alegría al gozo. No solo se alegra en el Señor, sino que se goza en el Dios de su salvación. Las cosechas podían desaparecer, pero la relación del profeta con Dios permanecía intacta. Al decir “mi salvación”, Habacuc habla de una seguridad personal: Dios no era solamente el Salvador de Israel, sino su propio Salvador. Tal vez no sería librado de atravesar la crisis, pero sabía que Dios lo sostendría dentro de ella y cumpliría finalmente su propósito. La salvación era un tesoro que ningún ejército, ninguna escasez y ninguna pérdida podían quitarle. Nosotros poseemos una razón aún mayor para gozarnos: en Jesucristo hemos recibido perdón, reconciliación, vida eterna y una esperanza que no perece. La gratitud más profunda no se apoya en los bienes temporales, sino en la gracia eterna que hemos recibido. Podemos perder muchas cosas sin perder lo más importante: nuestra salvación y nuestra comunión con Dios. Cuando el alma recuerda que ha sido salvada, descubre que aun en el día más oscuro posee una razón invencible para adorar.
Punto de interacción. Si Dios es la fuente de nuestro gozo; entonces Él ahora puede sostenernos nuestros pasos en medio de la debilidad.
III. LA FUENTE DE LA FORTALEZA EN MEDIO DE LA DEBILIDAD v. 19
A. “Jehová el Señor es mi fortaleza…” El profeta termina mirando al Señor, no a los campos vacíos. Su seguridad no descansa en lo que posee, sino en quien lo sostiene. La escasez puede debilitar sus recursos, pero no disminuye el poder de Dios. Reconocer al Señor como su fortaleza es confesar dependencia, no autosuficiencia. Esta confianza sostiene su gozo aun cuando las circunstancias siguen siendo adversas. También nosotros podemos sentirnos agotados cuando los ingresos no alcanzan, y ya no tenemos para terminar la quincena. Agradecer entonces no es negar la necesidad ni avergonzarnos de pedir ayuda. Es reconocer que, aun en nuestra debilidad, podemos acudir al Señor. Nuestra gratitud no compra una solución; responde a su presencia y fidelidad. Pueden agotarse nuestras reservas, pero Dios no deja de ser nuestra fortaleza.
B. “… el cual hace mis pies como de ciervas…” Los pies de cierva evocan agilidad y firmeza para recorrer terrenos difíciles. La figura destaca lo que Dios hace, no la capacidad natural del creyente. El Señor es la fuente de la fortaleza que sostiene nuestros pasos vacilantes. La confianza no elimina la debilidad, pero nos enseña a depender de Él. En medio de la escasez, necesitamos sostén, no una apariencia de invencibilidad. Como la cierva en terreno escarpado, necesitamos firmeza para seguir avanzando. Cuando la escasez vuelve incierto el camino, pidamos a Dios que sostenga nuestros pasos. Agradezcamos su fortaleza para obedecer, aun mientras reconocemos nuestro cansancio. La gratitud confiesa: “Señor, el terreno sigue siendo difícil, pero tú afirmas mis pies”.
C. “Y en mis alturas me hace andar.” Las alturas evocan la firmeza y libertad que Dios concede donde nuestros pies solos vacilarían. “Me hace andar” sitúa la iniciativa en el Señor: perseveramos por su gracia, no por una supuesta invulnerabilidad de nuestra fe. En la escasez, esta imagen no promete prosperidad ni ausencia de lágrimas; nos invita a descansar en su fidelidad y seguir obedeciendo. Agradecemos porque el Dios de nuestra salvación no solo recibe nuestro clamor en el valle: también sostiene nuestros pasos en las alturas. Como alguien lo ha expresado: “«Dios no siempre allana el camino; a veces afirma nuestros pies para recorrerlo»
CONCLUSIÓN: Un resumen de todo lo dicho nos hace ver que Habacuc, frente a un futuro que lo hacía temblar, decidió no poner su confianza y dependencia en las cosechas o el ganado. Su alegría descansaría en el Dios de su salvación. Mis amados, dar gracias en la escasez no significa llamar buena a nuestra pérdida, esconder las lágrimas ni sentirnos culpables porque estamos afligidos. En todo caso, y aun con lágrimas, podemos orar, diciendo: “Señor, no entiendo lo que está pasando, pero sigo confiando en ti”. Por supuesto que no les estoy pidiendo que si estás sufriendo seas agradecido, sino acercarnos unos a otros, compartir nuestro pan y ayudar a llevar las cargas lo unos a los otros. Si hoy tenemos abundancia, agradezcamos y compartamos; si atravesamos escasez, presentemos nuestra necesidad al Señor y permitamos que otros nos acompañen. No tenemos que esperar a que todo se resuelva para comenzar a adorar. La higuera puede quedarse sin fruto; pero nuestro corazón no tiene que quedarse sin esperanza. ¡Nuestra gratitud no termina donde terminan nuestros recursos, porque nuestra esperanza descansa en el Dios de nuestra salvación! Que recordemos que cuando falta el fruto, Dios siempre permanece.
Julio Ruiz es pastor de la Iglesia Bautista, Ambiente de Gracia, ubicada en la 5424 Ox Rd. Fairfax Station, VA 22039 Tel. 571-251-6590 (pastorjulioruiz55@gmail.com)
